Matan al periodista Javier Valdez en Sinaloa




  • La violencia rebasó al periodista sinaloense Javier Valdez, quien fue asesinado la tarde de este lunes cuando se dirigía al periódico del cual era fundandor, Río Doce. Un escritor apasionado, que siempre trabajó para darle voz y sentido al periodismo. Recordamos una de sus últimas entrevistas concedidas a el periódico EL DEBATE.
    El año pasado, el periodista y cronista sinaloense Javier Valdez Cárdenas fue invitado por el poeta y activista Javier Sicilia a participar en una mesa redonda. Ahí, durante los comentarios del auditorio, María Herrera Magdaleno aprovechó la oportunidad para reclamar por qué los medios de comunicación habían dejado de atender los casos de desaparecidos.
    Ella, madre de cuatro jóvenes desaparecidos, con su testimonio puso sobre la mesa una realidad que afecta a miles de mexicanos. Después de escuchar ese testimonio, le surgió la idea de su nuevo libro: Huérfanos del narco. Investigación donde reflexiona sobre la forma en que “sobreviven los seres que perdieron a sus familias”.

    “Yo me puse a pensar en eso, en estas mujeres y en sus hijos. Cómo los hijos siguen esperando a sus padres, cómo duermen, cómo van en la escuela; todo el impacto íntimo. A mí me caló que hiciera ese reclamo. Nosotros contestamos que sí los estaba atendiendo, pero lo cierto es que si los desaparecidos son invisibles para la sociedad mexicana y para los medios, ¿qué son sus familiares? No existen. O si existen, ¿qué está pasando con ellos?”, señala el periodista sentado en una mesa de la cantina El Guayabo, a la cual hemos venido por comodidad, pero también porque este lugar de algún modo se ha convertido en una parte de Javier.
    Desde que llega al bar, varias personas hacen cola para saludarlo de mano o darle un abrazo. Las meseras lo saludan por su nombre y los vendedores le ofrecen sus productos que él esquiva con un “al ratito”.
    Justo aquí también he visto al escritor en otras ocasiones, generalmente solo, bebiendo mientras hace anotaciones en una pequeña libreta que siempre trae con él. Imagino que en este lugar asimila o se aleja un poco de las historias que le toca escuchar e investigar.
    Para el autor, lo más difícil al realizar este libro fue el hablar con los niños. Primero, por el hecho de que para hacerlo tuvo que ganarse la confianza de sus madres; segundo, por lo delicado y desgarrador que fue escuchar los testimonios de ellos.
    “Estamos hablando de niños que no duermen, que bajaron sus calificaciones, de recién nacidos que nacieron con las manos apuñadas porque la desaparición del padre ocurrió mientras el niño estaba en el vientre y la señora se llenó de coraje, frustración, locura, impotencia, insomnio y llanto.
    Entonces, imagínate qué historia voy a contar yo si voy a contar la historia de un niño que nace con las manos apuñadas, enojado, que no sonríe. Hay que contar la intimidad del dolor. Desde que empecé a escribirlo dije: ‘esta es la intimidad del dolor’. Yo sentí que para mí era muy diferente tocar esas historias porque me estaba metiendo a la casa de ellos, a sus vidas, al dormitorio de esos niños. De las mamás que lloran de noche, pero que no le dicen a sus hijos. Y de los hijos que también lloran y no le dicen a la mamá”. 
    Escribir es un acto de protesta que sirve para demandar que la situación y realidad del país no es la que merecemos, y Javier está consciente de esto. Para él, construir este libro le permite aparecer a los desaparecidos, darles la categoría y ubicarlos como personas, no como número. Y lo logra contando las historias de ellos y sus familiares, los cuales con su lucha dan un ejemplo de “resistencia, ciudadanía, activismo y humanidad”. Hacerlos figurar en la vida pública se convierte en un compromiso para el autor, y asegura que debe serlo en el periodismo. 
    Al final, la reflexión de este libro, como otros del autor, abre la puerta a la esperanza, a creer que se pueden cambiar las cosas. Javier considera que a pesar de que a veces él se siente una persona pesimista, en sus textos siempre hay un espacio para la esperanza.
    “Yo digo que no lo soy del todo porque escribo. Si yo lo fuera, si me ganara ese pesimismo, no escribiría. Pero me empuja la idea de que la gente está gritando, está luchando; entonces yo siento que debo estar ahí. Si ellos se cansan, yo no digo nada, pero ellos no se han callado”, comenta.
    Después leo la firma que escribió en la copia que me regaló:
    “para que estas historias no se repitan”. De pronto, yo también me quedo pensando en que las cosas pueden cambiar".


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