NUESTRA FINCA QUE MIRABA SOBRE EL RIO. CAPITULO XXV




  • Lo que la doctora Marina había llamado una fiestecita, se realizada en un jardín con una alberca en medio a cuyo alrededor se habían dispuesto las mesas de manteles largos y blancos, con bonitos arreglos, una banda de viento  tocaba Toro, lo que había jalado a todos a bailar y además los integrantes de un grupo de mariachis ya esperaban turno para actuar. La festejada era una debutante sobrina de la doctora Marina y cuando vieron que llegaba, los familiares acudieron  a recibirla. Estaban sentidos  porque no  los acompañó en la ceremonia religiosa, realizada en la iglesia de la Virgen del Rosario. Aquí ya no presentó al maestro Luciano, pero como  lo vieron llegar como su acompañante, al principio lo hicieron objeto de las mismas atenciones, llevándolos a la mesa  reservada, próxima a una de las orillas de la alberca y les sirvieron cerveza.
    Otros asistentes que reconocieron a la doctora Marina estuvieron prontos para acudir a saludarla. Alguien le dijo que en tal  parte estaba una persona muy apreciada por ella y eso fue pretexto suficiente para que se levantara, dejando al maestro Luciano cuidando la mesa. Pasó mucho rato antes de que un servidor llevara de nuevo otra cerveza. La banda dejó de tocar y hubo un receso, el cual se aprovechó por muchas damitas que se levantaron para caminar de un lado para otro, muchas luciendo su palmito. Habían ido preparadas para todo, hasta para meterse a la alberca. El mariachi empezó a tocar, lo que hizo que dos espontáneas se aventaran  a cantar. La alegría subió de volumen y alrededor de las 10:30 se vino el característico movimiento  para empezar a servir la cena, por lo que la mayoría volvió a ocupar sus asientos. Mientras tanto, había pasado entre una hora y hora y media y el maestro había estado sólo, pajareando, al parecer olvidado por quien lo había llevado. Cuando fueron a servir a la mesa le preguntaron cuantos la ocupaban, y dudo en decir que debía tener al lado a una damita. Le dejaron un plato más, por si ella aparecía. El guisado no estaba mal.
    Ella apareció alrededor de la medianoche, con otra mujer estridente. Se sentaron junto a él y parecía que tenían mucho que comentarse, desde la última vez que se habían visto. Luego se acercaron unas muchachas, hijas de la amiga, con aire de aburrimiento, para decirle que no soportaban más el dolor en los pies y que querían regresar a casa.  Aquella mujer se despidió.  Enseguida vino otra a saludar a la doctora, ocupando un asiento a la mesa. Al maestro Luciano le pareció también excesivamente acelerada para conversar. Mientras tanto, el servicio de cerveza y otras bebidas como refrescos, se había suspendido.  La amiga dijo que ya no aguantaba la sed, entonces la doctora se percató de que los envases estaban vacíos y tomando uno de ellos golpeó rudamente la mesa, llamando la atención a los meseros.  El jefe de ellos vino y le explicó que no quedaba nada para servir y que si había algunos tomando, era que habían enviado al depósito próximo a que se los trajeran.
    ----- Esto se ha acabado --- dijo el maestro Luciano ---- habíamos de retirarnos.
    ----- ¡Tú no me vas a decir cuando me debo ir --- le contestó.
    ----- Pues mucha gente se retiró ya --- dijo él.
    -----No me importa. Mientras siga por aquí una sola amiga mía, yo permaneceré.
    Mientras tanto, la otra damita hacia muestras de no soportaba el calor de la noche. Entonces la doctora Marina le dijo que si se animaba a tirarse  junto con ella a la alberca. Al maestro Luciano le pareció demasiado protagonismo, pues ya nadie se  refrescaba en la alberca, ya que las chicas se veían muy escasas a esas horas, por lo que le dijo que por favor no se tirara a la alberca, ya que podía ser peligroso por el estado en que andaba.
    ----- ¡Óyeme no! A mí no me vas a decir qué hacer y qué no.
    Para esto la amiga de la doctora Marina, dándose cuenta de la actitud contra su único acompañante, dijo que tenía que retirarse. La doctora Marina quiso encaminarla y volvió a dejar solo al maestro Luciano. Cuando se acabó la música y también las bebidas, el grueso de los asistentes se retiraron. Eran pasadas las dos de la mañana y sólo quedaban grupos aislados bajó algunas palmeras del jardín, simplemente platicando, puesto que serían conocidos.  Hasta allá llegaba la doctora, haciendo como que se le había hecho conocida la voz de uno de los que ahí estaban, lo que daba pie de que ellos abrieran plática, quizá buscando la conexión que en la fiesta no habían alcanzado.
    El maestro Luciano  se levantó, a punto de reventar, pues con excepción de la cena, la reunión tenía la sensación que había sido un completo fracaso.  Fue y se le puso a un lado a la doctora Marina, a quien le preguntó, delante de los  otros, si por ser el más pendejo, iba a ser el último que se retiraría de esa fiesta. Los otros comprendieron que entre la pareja debía haber dificultades y para no inmiscuirse, se retiraron.
    ---- ¡Cómo me has dado lata! ----- le contestó ella ---- De verdad  que te propusiste amargarme esta fiesta, porque no me has dejado estar a gusto ni dejaste  divertirme con mi familia.
    ----- ¡Se supone que venías a divertirte conmigo! ¡No puedes tenerme aquí como secuestrado! Debes regresarme.
    ---- Mira, ahora mismo me salgo para llevarte, pero por ésta --- hizo como que juraba, llevándose dos dedos en cruz a la boca --- que no te vuelvo a invitar a ninguna parte.
    Desde este desencuentro ya no hubo testigos, puesto que los últimos en salirse ya habían puesto un pie en sus vehículos. El maestro Luciano todavía tuvo emoción suficiente para deslumbrarse con las últimas guasavenses de largos vestidos y grandes escotes atendidas con gran caballerosidad por sus acompañantes. Ellos parecían que la fiesta si la habían podido disfrutar.
    Al fin emprendieron el regreso hacia la comunidad. ¿Por qué iba ella tan irritada con quien tanto se ilusionó en esa relación? Se preguntaba el maestro Luciano a medida que el vehículo devoraba kilómetro tras kilómetro en la carretera México-Nogales. A él que tanto le apremiaba una conexión personal que viniera a despresurizar todas aquellas emociones que se habían acumulado precisamente por no tener no a quien amar, sino siquiera a quien tocar, vaya, y que habiéndola acariciado a ella unas cuantas horas antes,  ahora venían en un límite tal que si  no se daban de puñaladas antes de llegar a su destino, sería una salida muy civilizada.  A medida que se acercaban al final de su camino, lo único que él pedía era continuar manteniendo esa distancia-indiferencia que los podía salvar a los dos.  En su interior  la iba perdonando poco a poco de todos los desaires que le propinó, luego de que ambos se entregaran, acto más valioso para el maestro Luciano puesto que nunca fue promiscuo, ya que no le resultaba fácil abrirse a nuevas relaciones y cuando lo había hecho, era porque lo movía el anhelo de que llegara a ser una relación permanente.
    Entraron por fin, una hora antes de que amaneciera, a las primeras calles de aquella comunidad que él había elegido  como un destino para arraigarse de por vida, y esta que había sido su primera salida quizá fuera la última, puesto que sentía se había traicionado a sí mismo en su íntima convicción que ahí donde encontró  el pan también debía buscar el amor.  Se sentía tan vapuleado, como el perro que habiendo perseguido el irresistible olor que lo llama a buscar aparearse, los otros de la jauría se le había abalanzado, revolcándolo en el polvo, por lo que regresaba a la guarida con la cola entre las patas.
     
    Continuará....

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