Nuestra finca que miraba sobre el río




  • Cap. XXIV
      
    Ella dijo de pronto, llevando aire a sus pulmones:
    ---- Nomás te voy a pedir que cuando vayas a verlas y te acuestes con ellas, te pongas condón.
    ---- Ah, entonces sí sabías la importancia del preservativo. ¿Y anoche por qué tanta renuencia a usarlo?
    ---- Aquí te voy a servir para que te quites las ganas ---- dijo entre dientes. --- ¿O no?
    ---- Tú eres la que lo dices. Más bien creo que no estamos preparados, ni tú ni yo, para tener una nueva relación.
    ---- Ahora sí me dices eso, ¿verdad?
    Al fin él decidió echarse una mordaza y se negó a hablar, por más duras agresiones que la confundida doctora le iba haciendo en el camino.
    ‘’…. Nunca te creí ayer el cuento que nos hiciste sobre que te habías separado de la madre de tus hijos y que ya no tenías nada que ver con ella y que además la otra te había sacado de la casa así nomás porque sí, de repente, sin darte explicaciones, obligándote a vivir refugiado en una camioneta. Te lo hubiera creído, como dijiste que te sacó de la casa, si nos hubieras contado por qué te sacó, o al menos hubieras dicho que ella padecía algún desorden mental. ¿Padecía alguna afección? Tú más bien pareces ser el tipo de hombre que se  hace la víctima para que uno  le tenga lástima…. ‘’
    El acongojado maestro Luciano intuyó el aire porteño como aplastado por el calor de esa terrible mañana, siempre presa del malestar que le provocaba aquella perorata que ella le asestó. ¡Qué de necias palabras no dijo! ¡Qué de conjeturas no formuló! Él sabía  que era inútil contestar y también sabía que esa relación que viera tan prometedora apenas anoche cuando bailaban dulcemente,  tampoco tenía futuro alguno más, se preguntaba, cómo terminarla sin sufrir las consecuencias que eran de esperarse.
    La doctora Marina  entró a la ciudad y puerto de Mazatlán sabiendo a donde dirigirse, por o que no necesitó hacer muchos rodeos. Ahí estaba esperándola la pelirroja Josefa, en compañía de otros integrantes del grupo cultural. Se disponían a desayunar. El maestro Luciano se percató que cuando la doctora  Marina los descubrió ocupando una enorme mesa donde ya la pelirroja tenía dos lugares apartados, la irritación que le manifestara en la segunda parte del trayecto, desapareció de su semblante. Ahora ella tenía sonrisas, besos y saludos para quienes allí encontró.
    --- ¿Llegamos muy tarde? --- preguntó.
    ---- Llegan apenas a tiempo.
    ---- Dicen que más vale llegar a tiempo que ser invitados ---- dijo ella, con linda sonrisa… Era notorio que ella en ese medio se encontraba como pez en el agua.
    ---- ¡Qué contenta amaneció hoy, doctora! --- le dijo una muchacha que la saludó de mano y se las mantuvo entre las suyas.
    ----- Yo siempre amanezco contenta ---- aseguró ella.
    ----- Seguro que sí. Y muy elegante y guapa --- expresó otro asistente.
    ----- ¡Ay,  muchas gracias!
    Luego que le dieran la vuelta a la gran mesa fueron a sentarse junto a la pelirroja, vestida ahora de manera más sofisticada, por un pantalón color violeta y una blusa con escote, casi del mismo color. Saludó al maestro Luciano con mucho afecto, como si lo hubiera conocido mucho tiempo atrás.
    ----- Pude salir temprano de Culiacán --- contestó a una pregunta que le hizo su amiga, pidiéndole una explicación solo moviendo las manos.
    ----- Usted nunca me falla, amiga querida --- dijo la doctora Marina.
    Se les recordó que antes de salir para Concordia, asistirían a las instalaciones de la biblioteca de la Universidad Autónoma de Sinaloa, donde el novelista Elmer Mendoza dictaría una conferencia y a donde ellos estaban invitados.  El evento terminaría antes de las trece horas, y aunque se ofrecería un ambigú a los asistentes, ellos no podrían quedarse, pues a las tres de la tarde, de ser posible antes, debían estar en el palacio municipal de Concordia.
    Enseguida se sirvió el desayuno, la especialidad de la casa, machaca de camarón, bañada en salsa de frijol y queso fundido, acompañándola unos con cerveza helada y otros simplemente con jugo de naranja o toronja y café.  El maestro Luciano no traía lo suficiente para gastos pero afortunadamente cuando se pasó la  charola, la gran mayoría, hombres y mujeres, contribuyeron generosamente para cubrir la cuenta. El compañero de al lado le preguntó al maestro Luciano, quizá por cortesía, ya que sus dos acompañantes  nomás conversaban entre ellas, cómo era que venía la primera vez.  El maestro Luciano  le comentó que estaba recién llegado al norte de la entidad y que carecía de relaciones suficientes en su trabajo como para pertenecer a un grupo así, de no haber sido que la doctora Marina lo llevó en su vehículo. Antes, en la ciudad donde de ordinario había residido desde que egresó de la Universidad, perteneció a un pequeño grupo cultural, que no pasó  de lecturas y conferencias de los mismos integrantes y de un concierto cada fin de año, pero las necesidades de los integrantes  hicieron que el grupo se extinguiera. El otro le presumió todas las actividades que  venían organizando, conferencias de todo tipo, literatura, como la  de Elmer Mendoza, de filosofía, de economía, de derecho y hasta de historia arquitectónica  de Sinaloa, una variedad muy amplia de temas,  lo que hacía muy heterogéneo al grupo. Las actividades incluían conciertos musicales, en donde brillaban virtuosos  de diferentes localidades. No estaban concentrados en un municipio, sino que se movían por toda la entidad, pues cada ciudad tenía lo suyo, que gracias a la actividad del grupo, se estaba revalorando.
    Enseguida, concluido el desayuno, alguien en voz alta abordó la cuestión del evento en Los Cabos, Baja California Sur, asunto para el cual no se había reunido los fondos suficientes y el tiempo se les venía encima, ya que sería el mes entrante. El transporte estaba solucionado a medias, pues tan solo había un número limitado de apartados en el transbordador, pero  estaba el transporte aéreo, para quien lo prefiriera. Ahora sorprendía que se hubiera reunido el grueso de los integrantes del grupo, quizá porque Mazatlán siempre era un atractivo en sí mismo, igual que los eventos en Los Mochis. ¿Qué estaba pasando? El grupo no podía dejar  de tener conciencia de que se preferían las ciudades a los pueblos, cuando la cultura estaba en todas partes. Se hacía un llamado de atención a recuperar lo folk, aunque sin menospreciar lo urbano. Se admitía que en lo rural había peligrosa violencia, pero hasta el momento, a nadie del grupo se le había molestado, aun cuando circularan por los caminos menos vigilados. Podían decir que había más peligro en donde andaba las distintas corporaciones policiacas que a donde había ausencia de estas.
    De aquí se trasladaron a escuchar al escritor Elmer Mendoza, quien daba un giro a sus tareas literarias. Enfocaba sus creaciones hacia un lector determinado, que se estaba olvidando anteriormente, el lector juvenil. Una editorial española muy en boga, que le estaba patrocinando las presentaciones por distintos rumbos del país,  le apostaba a este tipo de lector, por lo que próximamente aparecería  una saga completa de creaciones  con un personaje-detective muy inteligente, con el que los jóvenes se divertirían. Aquí el grueso de la audiencia lo constituyeron los miembros del grupo cultural, y eso que varios  prefirieron irse a chacharear en el comercio del malecón antes de partir para Concordia.
    Todas estas horas de tareas culturales influyeron muy bien en el abatido ánimo del maestro Luciano, aunque la doctora Marina lo tratara un tanto caprichosamente, privándolo del trato que era de esperarse, como invitado.  En una segunda realidad, aparte de la que estaba presente y en la que el móvil eran esas modestas tareas culturales que entre todos  estaban creando, lamentaba el comportamiento que ella se había empeñado en manifestarle. Así  él se sentía disminuido, pero sólo en una segunda realidad o plano. Naturalmente que esto le dejaba un poco más de libertad para poner sus ojos en ciertas damitas que lucirían muy bien como compañeras en su moto, ya que él era adicto, como sabemos, a este tipo de fantasías.
    Ahora bien, una vez emprendido el camino hacia Concordia, y durante el cual el maestro Luciano prefirió viajar en el asiento trasero,   fue castigado terriblemente con la llamada ley del hielo.  Si la pelirroja Lorena en ningún momento le preguntó por qué iba tan silencioso, tan callado, sin decir ni opinar absolutamente nada,  pregunta que él temía más que deseaba, creía que la otra había ya tenido el momento para comentarle lo que había pasado entre los dos, tras que tuvieron sexo en el motel
    En Concordia recibieron a los invitados en el Palacio Municipal, por el mismo alcalde, quien les expresó la satisfacción que le producían con su visita. Si el presidente municipal los consideraba como personajes a cada uno, incluyendo al maestro Luciano, qué decir del resto de personal del equipo de recepción. En una especie de abigarrada capilla se dijeron poemas  por los vates locales en memoria del homenajeado, cuya muerte representaba una sentida pérdida para la cultura de ese rincón de Sinaloa.  En ese solemne sitio un grupo coral interpretó con doliente tonada, una pieza que fue el plato fuerte. El director que llevó la batuta también era un valor local y ante tantos visitantes foráneos, fue necesario que se leyera un resumen de su  carrera y logros, algunos más allá de las fronteras nacionales, que por lo demás, estaban también consignados en los programas que se repartieron a la entrada del Palacio.
    Tras  este número del programa, al parecer el plato fuerte que iba dirigido a la clase culta del municipio, quienes intimaban con el presidente municipal, se dirigieron en masa al exterior, a través de una larga galería de hermosos ventanales y fábrica de construcción muy digna con materiales sin indebidos ornamentos, el maestro Luciano caminaba ente dos atentas edecanes que le preguntaron si era la primera vez que visitaba el lugar. El admitió que de Concordia sólo tenía referencias como fábrica de sillas de madera y baqueta auténtica. Ellas mostraron su satisfacción con una sonrisa y le dijeron que casi a la entrada de la ciudad estaban esos talleres donde fabricaban los sillones. También le preguntaron si tenía pensado volver en otra ocasión, a lo que el maestro Luciano, sin saber por qué, les contestó que era lo más seguro. Salieron a una especie de plaza de cuidados jardines, cercada con reja de fierro vaciado y abierta a la calle por tan solo dos costados. Aquí se realizaría el programa popular para honrar la memoria del fallecido. El lugar era como un corredor de niños, vestidos con sus trajes de fiesta, participando en  rondas infantiles, sus correrías entre los jardines, fuentes y monumentos. A la llegada del presidente municipal con los invitados foráneos, alguien metió orden entre los presentes, dando indicaciones a través del aparato de sonido. Apenas hubo el tiempo suficiente para medio saludarse los locales con los recién llegados  y a continuación todos ocuparon los lugares para dar inicio al programa poético musical. Quienes no tenían lugar y asiento, permanecían en los costados del jardín, parados, disfrutando las actuaciones y admirando el escenario que se armó. Las edecanes hasta entonces no dejaron al maestro Luciano, dándole datos sobre la historia y el desenvolvimiento de Concordia. Lo mismo otras servidoras atendían a los demás visitantes. Las  mareas de gente separaron  al maestro Luciano de la pelirroja Josefa y la doctora Marina, hasta que esta  le manifestó desde lejos cierta inquietud, indicándola la hora en el reloj del pulso. El maestro Luciano de inmediato se disculpó para acudir ante aquel llamado.
    ----- Tenemos que irnos ya, si es que queremos estar temprano en la parte norte.
    Al maestro Luciano ya no le sorprendió esta reacción de la doctora Marina. Era más lo que habían invertido en el traslado que lo que estuvieron en el evento. Sin mayor protocolo de despedida, abordaron el vehículo y en un tiempo relativamente breve pasaron por la orilla de Mazatlán, sin mayores comentarios, aunque ahora el maestro Luciano no podía esperar gran cosa. Con todo, él venía consolado por aquel trato de personaje distinguido que por breves instantes recibió de los anfitriones.
    Como era temporada de días largos, pasaron por Culiacán todavía con reflejos de la luz del día. De nuevo la doctora Marina llevó a su pelirroja amiga al mismo domicilio del día anterior, donde tras una fría despedida, el maestro Luciano,  ya con la promesa muerta que le creo cuando lo pescó de la jabalina, decidió sacarla de su vida.
    La ruta hacia Guasave la  hicieron en un estado emocional lamentable, aunque al maestro Luciano le hubiera gustado que ella pasara por la casa de la cuñada de la doctora Marina, para ver de nuevo la bonita sala con sus libreros repletos de enciclopedias. También tenía necesidad de más información sobre la salida a Los Cabos, pero todo decidió callárselo, mientras ella no hiciera por donde restablecer la comunicación. Próximos a Guasave y todavía no tan avanzada la noche, ella abrió la boca para decir que se detendría con unos parientes que tenían una fiestecita por una debutante, pues esperaba relajarse, ya  que la larga jornada de ir al volante la había agotado. El maestro Luciano no tuvo nada que decir.
     
    Continuará...

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